Las ferias ganaderas forman parte de la historia y de la vida cotidiana de los pueblos de Aran desde hace mucho tiempo. Durante generaciones, estos mercados fueron un punto de encuentro fundamental para ganaderos, agricultores y comerciantes de todo el territorio, que se reunían para comprar y vender ganado, intercambiar productos y mantener las relaciones comerciales con los territorios vecinos. Su celebración estaba estrechamente ligada al calendario agrícola y ganadero, especialmente a la bajada del ganado de los pastos de montaña con la llegada del otoño.
La primera referencia documental de una feria ganadera en Aran es del año 1387, cuándo el rey Juan I concedió a la villa de Vielha el permiso para celebrar una feria anual de ocho días durante la semana de Pentecostal. en 1728, Felipe V autorizó la celebración de dos ferias anuales y un mercado semanal en la capital aranesa. Estos encontros fueron importantes para el comercio del ganado, con la participación de comerciantes procedentes de los de ambos costados de los Pirineos.
Las condiciones geográficas y climatológicas de Aran influyeron también en su evolución. En 1781, el Conselh Generau de Aran solicitó al rey Carlos III un cambio de las fechas de las ferias, porque la nieve dificultaba el paso del ganado por los puertos de montaña. Finalmente, en 1783, se estableció el 13 de octubre como fecha de celebración de una única feria en Vielha, una fecha que se mantuvo a lo largo del tiempo.
La importancia de estos encuentros se extendía por todo el territorio. Un dietario de 1952, conservado en el fondo patrimonial de Çò de Trinchèra de Salardú, recoge ferias de ganado en los pueblos como Canejan, Bausen, Vilac, Betlan, Arròs, Vila, Es Bòrdes, Bossòst, Les, Salardú y Vielha. En éstas se comercializaba con vacas, ovejas, cabras, caballos, mulas y cerdos, entre otros animales.
Con el paso del tiempo y los cambios en la economía aranesa, las ferias han perdido parte de su función comercial original. Aun así, todavía si celebran en Les, Salardú, Vielha y Bossòst, dónde las muestras de ganado conviven con mercados, actividades tradicionales y encuentros populares. Esta evolución ha permitido mantener viva una tradición que nos acerca a la vida de las generaciones pasadas y a la importancia que la ganadería ha tenido en la economía, el paisaje y la memoria colectiva de Aran.

